Por ellos es justo hablar hoy bien alto, porque esa tierra de cristianos entre el imperio de Roma y la estepa de los bárbaros eslavos, gemelos, clones o solitarios, en la misma en la que el campo ensangrentado tiene nombres que dan asco, Sobibor, Treblinka, Chelmno, Majdanek, Belzec, y también Katyn, unos callaban y rezaban sacudiendo incienso en mano, resguardados en iglesias tras los mantos de los santos, mientras ante sus ojos pasaba el hebreo, a cientos, a miles, a millones como esclavos, ése era también su hermano. Nieve gris en invierno, otoño, primavera y en verano, un hombre, una maleta en mano. Ahora bien, esos, que durante la partición no lucharon, que durante el exterminio no hablaron, que en la represión se agazaparon, por no haber nacido o por haber huido, ahora claman y juzgan a aquellos que lucharon, a los que contra el ejército fascista se batieron sin descanso, que fueron derrotados, humillados en su regreso y con el tiempo olvidados, mas cuando fue preciso, durante seis largos años, murieron y empuñaron el fusil, contra el invasor germano.
A los que vinieron en aquel verano de fuego de tres años, ni obligados ni forzados, italiano, polaco, ruso, tedesco o anglicano, aquí dejaron su vida, su sangre y su juventud, su carne y también su entusiasmo. Combatientes polacos, encorvados y canosos, luchadores cotidianos mientras otros hacían oídos sordos a las atrocidades de Europa levantadas sobre los campos de Polonia flotando a través de las chimeneas de cenizas huidizas y cobardes, horcas, hornos y alambradas. Quizás erraron el bando siendo posible cualquier bando menos uno, pero hoy, después de lo vivido, lo visto y lo oído, y lo, por tantos, olvidado y traicionado, puedo condenarlos por la libertad que nos legaron, exigua y forzada, pero no puedo condenarlos por aquella por la que lucharon.
Hoy es abril, ... no recuerdo si eso ya te lo he contado.